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Reflexiones de Héctor

Hace un año que Manolo y yo conocimos a Ramón Costa, persiguiendo su estela durante tres días por aquellos sitios en los que habíamos tenido referencias sobre él. Finalmente, pudimos localizarle en los Baños de Benasque y hablar con él para contarle la idea que llevábamos en la cabeza. Tras este encuentro nos pusimos a trabajar en el proyecto de MEDELCA, que hoy, aunque no sin dificultades, es una realidad. Personalmente, he tenido el privilegio de participar en todas las fases de este proyecto, por lo que vivir este momento, recorriendo el camino no sólo con Ramón sino con mis colegas, que también son mis amigos, supone para mí la culminación de todo un año de trabajo.

Tras cuatro etapas de ruta culminadas, toca hablar de impresiones más que de descripciones. Si bien nuestro objetivo es fundamentalmente arqueológico, este proyecto cuenta con un significativo componente antropológico y social, una mirada a una profesión casi extinta que nos revela sus problemas. Quizás lo más llamativo de lo que llevamos de ruta sea el propio camino. En la carrera, al estudiar La Mesta castellana y sus itinerarios, uno se los imagina como amplios caminos por las que pasan los rebaños. Sin embargo, la realidad queda muy lejos de esa imagen ideal. Con Ramón hemos recorrido numerosas cañadas y veredas y raro era el tramo por el que pasábamos por algo parecido a un camino. A lo largo de las primeras etapas, caracterizadas por terrenos abiertos y vegetación poco densa, esta circunstancia no ha supuesto un gran problema, pero a medida que hemos ido ascendiendo hacia las montañas, se ha convertido en un importante obstáculo. De hecho, Ramón ya nos ha advertido de que, cuando retomemos la ruta, durante la primera jornada tendremos que dar un gran rodeo para llegar a las Vilas del Turbón porque la cabañera está impracticable.

No se nos escapa que esta situación es resultado de la desidia administrativa a la que se refieren todos los pastores que hemos conocido en nuestro camino y que aún llevan a sus ovejas por las cabañeras, a pesar de que en Aragón existe una legislación bastante reciente (Ley 10/2005) que, en su artículo 2.b, establece como una de las finalidades del Gobierno Autonómico “asegurar la adecuada conservación de las vías pecuarias y otros elementos directamente vinculados con las mismas, debido a sus características ambientales, culturales o históricas, mediante la adopción de medidas de protección y restauración.”

Como ya os hemos contado en entradas anteriores, los tiempos del pastor son otros por lo que, quizás, a nosotros, acostumbrados a la rapidez de la vida moderna, nos cuesta entender la marcha. Al principio preguntábamos continuamente a Ramón cuánto faltaba para llegar al destino. Al final comprendimos que daba lo mismo. Las jornadas son siempre iguales, independientemente del recorrido. En torno a las 6:00 las ovejas se ponen en marcha, sobre las 9:30 es la hora del almuerzo, al mediodía se para y a las 16:00 se retoma la ruta hasta llegar al destino cerca de las 21:30. Todos los días igual, lo mismo si se recorren 20 ó 30 km. Pero todo tiene su porqué. Es otro tiempo, otra manera de medir el paso del tiempo, que ya no parece compatible con la vida moderna en la que todo debe ir deprisa y programado. Un tiempo diferente, ni mejor ni peor, pero cuyo tictac cada vez se oye menos.

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